El niño Lam

28 de enero de 2023
La silla , 1943
Wifredo Lam
Óleo sobre tela
131 x 97.5 cm
Pintura

Quisiera compartir con nuestros lectores algunos detalles de la infancia de uno de los artistas cubanos más conocidos internacionalmente, Wilfredo Oscar de la Concepción Lam y Castilla,bautizado así por la iglesia católica a la edad de cinco años,tiempo después por error, en España su primer nombre quedaría como Wifredo.

Nació en Sagua la Grande, un 8 de diciembre de 1902, (año de la proclamación de la República)dentro de una familia numerosa integrada por ocho hermanos. Sus padres eran Enrique Lam-Yam, chino de origen cantones y Ana Serafina Castilla, mulata descendiente de africanos y españoles, nacida en Sancti Spiritus.

Su padre era un hombre muy respetado por sus paisanos. Lam-Yam, hombre de gran sabiduría,recibía en la casa a muchos coterráneos a quienes ayudaba en la redacción de cartas, ya que podía leer y escribir en chino. Enrique, como lo conocían mejor en Sagua, siempre usaba guayabera y el día en que Wifredo nació vistió de negroen señal de alegría,pues mantenía en casa sus creencias religiosas y honra por sus ancestros.El niño Lam también tenía amigos de ascendencia china quienes se identificaban con esa cultura, pero él prefería ser cubano, mestizo, o negro.

Ana Serafina era una mujer de buenas costumbres y de mucho respeto, al punto de que, según el propio Lam, ella en su afán de educarlos bien, le pegaba con un cinturón cuando este no iba a la escuela o se escapaba de casa, pues deseaba que sus hijos fueran hombres y mujeres dignos. Recordaba Wifredo,que a su regreso de España luego de mucho tiempo viviendo allá, ella se sintió un tanto desilusionada por su acento madrileño al hablar ya que siempre había sido muy cuidadosa con la pronunciación de los muchachos.

Wifredo era un niño muy tímido, sin embargo, con su madre compartía todas sus preocupaciones y sueños. A ella le debía su empeño de que estudiara en La Habana y también su viaje a España. Por esa conexión especial que tenían, lograron cartearse mucho cuando estuvo fuera, e incluso mantuvieron vivas las creencias religiosas que profesaban en la familia y luego vemos reflejadas en sus pinturas.

Como cualquier niño, a Lam le gustaban los juegos, especialmente la pelota, era su preferido. Muchas veces cuando le encargaban traer un mandado de la bodega se escapaba al río o a los ingenios a comer caña. Otro de sus gustos era montar a caballo, entonces su imaginación volaba hacia lo desconocido y esa idea también ha quedado presente en las herraduras que aparecen en sus composiciones.

Su infancia transcurrió en una época de calamidades, miserias y supersticiones. El diablo y la luna formaban parte de un mundo mágico trasformado por su imaginación. No debía pisar la raya de la acera por que saldría el diablo, tampoco mirar la Luna después de comer pues se pasmaría, ni ver el reflejo de ella en un charco de agua,porque el mismo diablo podría aparecer, al menos eso le decían los mayores.Cuando la familia se mudó a otra casa junto al río, el rumor de la existencia de un güije en los alrededores vino a formar parte de sus temores infantiles, pero a pesar del miedo, la curiosidad por verlo lo atraía mucho hacia el lugar.Una de las figuras recurrentes en sus dibujos era el murciélago, que había visto colgado del techo y luego revolotear sobre él, estando en la cama de su madre. Parecía, según contaba Lam, que perseguía su propia sombra y tenía dos cabezas, de esta manera notó la presencia de perspectiva y espacio entre los objetos. Con aquella extraña visión comenzó el niño a entender su lugar en la tierra.

¨Crecí en un mundo complejo, lleno de fantasías y temores. Creo que mi pintura plasma ese mundo y lo trasciende en proyección plástica de síntesis. Con la técnica europea he poetizado el mundo espiritual de África¨. Así se refería Wifredo al inmenso impacto que tuvieron en su pintura aquellos años de su niñez.

Lam visitaba mucho la casa de su madrina Antoñica Wilson, una santera de mucho prestigio en Sagua y fue testigo de la devoción que sus seguidores le profesaban. Ella le preparó hechizos a su ahijado para concederle la protección de los dioses y tuviese éxito en el extranjero.

Sus primeros estudios fueron en un colegio laico en el barrio de negros de Cocosolo en Sagua,allí aprendió a leer a los seis años y tuvo también maestros particulares. A los once años asistía a una escuela estatal nocturna en un edificio cercano al puente de El Triunfo, pero su afición por el arte le había llegado desde los siete años, y así lo afirmaba su amigo de la infancia Paco Moya al referirse a la obsesión de Lam por la pintura.

Utilizaba papel cartucho que conseguía en una bodega donde ya lo conocían. Sus dibujos mostraban sátiros, faunos y centauros inspirados en las leyendas que escuchaba, estableciendo una curiosa relación entre el cuerpo humano y el de los animales.

Desde muy joven había advertido sus primeras influencias artísticas, según sus gustos. Pasaba con regularidad por el estudio de Sotera, un fotógrafo que le contaba historias de sus viajes a Europa,incentivando su deseo de poder estudiar en Paris algún día y se compró un libro sobre el Museo del Louvre de donde tomaba sus dibujos.Recordaba Wifredo a otros pintores que representaron patrones en su formación inicial, tal fue el caso de Manolo Mesa, luego llegaron Romañach y Sulroca en la Academia San Alejandro.En una ocasión Mesa lo había invitado a una exposición en el Casino Español de Sagua, pero no lo dejaron pasar pues la entrada era solo para blancos, así fue cuando comenzó a sentir, con solo 14 años de edad el dolor de la discriminación.

Su estancia en La Habana fue de mucha precariedad. Había llegado a estudiar Derecho, pero matriculó en San Alejandro, comenzando así su camino hacia lo que siempre quiso ser un gran pintor.

Basado en: Wifredo Lam de Antonio Núñez Jiménez. 1982.

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